El año que fui a la India

¡Namasté!

A los 16 años apadriné a un niño con la Fundación  Vicente Ferrer. Poco tiempo después descubrí que organizaban viajes para conocer la India, el trabajo de la Fundación y a tu apadrinado y decidí que tarde o temprano tenía que ir. El problema, para variar, era el dinero. La ausencia de él para ser exactos. Así que cuando encontré mi primer trabajo serio, es decir, en el que me pagaban, me abrí una cuenta en ING llamada “India”. El objetivo estaba claro: acabaría haciendo ese viaje.

En el año 2011, después de tres años ahorrando, me decidí a hacer realidad este sueño. Hoy se cumplen 2 años de ese viaje y todavía podría rememorar cada hora, cada minuto, cada segundo y sentirlos como si lo estuviera viviendo en este momento.  Este viaje ha sido hasta la fecha el más importante de mi vida (junto con el Camino de Santiago, del que os hablaré otro día).

Puesto que iba a ir sola me decidí por un viaje organizado de los que ofrecen desde la fundación, ya que, desgraciadamente, la India no es el sitio más seguro del mundo para una mujer. De entre todos los itinerarios elegí el de India Monumental porque tenía clara una cosa: no podía ir a la India y venirme sin ver el Taj Mahal. Y lo vi. ¿La sensación? Indescriptible. Es imposible hacer una foto del Taj Mahal y que no sea preciosa y parezca una postal, pero pasear por él, tocarlo…Impresionante.

Como he dicho iba sola, algo que no suele ser común en estos viajes, pero tuve la suerte de que otra chica también se decidió por hacer el viaje sola y me emparejaron con ella. Los emparejamientos a ciegas pueden salir muy mal y quince días compartiendo habitación con alguien con el que no encajas puede ser duro, pero por suerte lo nuestro fue genial desde el minuto uno. La verdad es que con Ana es fácil, porque es una chica encantadora, pero lo bueno es que ella también acogió muy bien a la loca que estáis leyendo y pudimos disfrutar de todo juntas de un modo que solas no habríamos podido.

Lo de las vacas sagradas no ayuda mucho a la fluidez del tráfico :)
Lo de las vacas sagradas no ayuda mucho a la fluidez del tráfico 🙂

El viaje duró quince días. Visitamos Dehli, Jaipur, Agra (donde está el Taj Mahal), Bangalore y Anantapur (donde está la fundación). Dehli no me gustó en absoluto, pero aprendimos a cruzar la carretera, algo realmente difícil en un país sin semáforos para los peatones…(y casi ninguno en general) En la India la gente simplemente conduce por donde quiere, cruza cuando le da la gana y se van esquivando unos a otros con un arte magistral.

Jaipur, la ciudad rosada, es bastante más bonita. En ella, entre otras cosas, montamos en carro de camellos y en elefante. En los dos casos, el culo se te queda hecho un cristo, pero son experiencias fantásticas, sobre todo, la subida a la fortaleza a lomos de unas elefantas hiper listas y preciosas.

No tengo muy claro si fue en Dehli o en Jaipur, pero fuimos al cine. La película elegida fue Zindagi Na Milegi Dobara, una película India rodada en España que narra la historia de tres amigos que viajan a nuestro país para hacer la despedida de soltero de uno de ellos y se pasean por toda nuestra geografía de fiesta en fiesta: la Tomatina, los San Fermines y un poco de flamenco, por su puesto. Sí, tiene algunos fallos, pero me encantó, es muy divertida (sí, estaba en Hindi, pero también hablaban en inglés y entre lo que decían en inglés y las imágenes la entendimos bastante bien como pude comprobar al verla de nuevo en español). Además, la banda sonora es maravillosa. El cine en la India es toda una aventura. La sala es más bien un teatro enorme y la gente se lleva hasta a los bebés, hablan, cantan con la película, le hablan a los protagonistas, llaman por el móvil para ponerle la música a amigos, gritan, bailan…Las películas son muy largas así que siempre hay un descanso en medio. La época en la que viajamos era la de los monzones en la India y había empezado a llover así que, en el intermedio de la película, nos llevaban de vuelta al hotel en el autobús. Sin embargo, algunos quisimos quedarnos a ver la segunda parte porque nos estaba gustando mucho y, total, andando podríamos llegar al hotel. Cuando salimos ya no llovía, pero estaba todo totalmente inundado. El agua lo cubría todo y no tenías muy claro qué podría haber por donde pisabas ni hasta donde te iba a cubrir así que tuvimos que pensar en un plan B: volvimos al hotel en tuc tuc a motor. Es decir, en una Vespino con un pequeño habitáculo en el que normalmente montan unas tres personas como máximo y en el que nosotros llegamos a montar siete. Todo esto por calles llenas de agua. Fue algo muy divertido…y algo acojonante también, para qué mentir.

Aparte de la gente (con la que viajaba y la que nos encontrábamos), los paisajes, los monumentos y las mil aventuras vividas, lo que más me gustó fue la comida. A mí la comida India me encanta o eso creía porque realmente lo que comemos aquí no tiene nada que ver con lo de allí. Allí pudimos probar la auténtica comida India: la suavizada un poco para el paladar del turista y la que comen ellos que tienes que comer sí o sí con yogur y pan mientras unos lagrimones enormes recorren tus mejillas. Para mí todo estaba buenísimo. Un día fuimos a un McDonals para comprobar si había alguna diferencia. Sí, hay una diferencia: aquí, como he dicho, todo es picante. Así que esa costrita de rebozado que tiene el McPollo aquí estaba especiada hasta límites difíciles de soportar, pero lo conseguí. Conseguí comérmela y tener la lengua anestesiada unas horas.

Aparte de con Ana, estas son las cuatro personas con las que más tiempo pasé. El Indio era el pianista de uno de los hoteles que nos proporcionó momentos memorables
Aparte de con Ana, estas son las cuatro personas con las que más tiempo pasé. El Indio era el pianista de uno de los hoteles que nos proporcionó momentos memorables

El Taj Mahal, los monumentos, las tradiciones, los olores, los sabores, los colores…todo me gustó, pero, sin lugar a dudas, lo que más me gustó es cuando nos trasladamos al sur. A la India Rural. A la Fundación Vicente Ferrer.

Pasamos de hoteles como el Hilton a pequeños barracones con camas que eran planchas de metal con colchones más finos que la esterilla del saco de dormir y donde la ducha la constituía un desagüe en el suelo, un grifo y una jarra para echarte el agua. Sin lugar a dudas, esos cuatro días fueron los que mejor dormí y los que más feliz me sentí. En el sur todo me pareció más relajado y la gente aún más amable.

Esos días dieron para mucho. Vicente Ferrer ya había muerto, pero pudimos conocer a su mujer y a su hijo que nos mostraron ejemplos de los diferentes proyectos que lleva a cabo la Fundación: nuevas casas, sistemas de riego por goteo para la agricultura, hospitales, proyectos de microcréditos para mujeres…Sin embargo, a mí lo que más me gustó fue la visita a un colegio. Los niños siempre son la mejor parte de todo. Eran niños y niñas felices, sonrientes, deseando enseñarnos todo lo que sabían hacer. Niños. Una cosa que me gustó mucho del colegio es que tenían una especie de buzón donde, anónimamente, los niños podían dejar una nota con algún problema que tenían, en el colegio o en su ámbito personal. Después se hacían “asambleas” donde los temas recogidos del buzón se discutían y se intentaban ayudar entre todos.

A pesar de lo maravilloso de todo lo que viví, si me viera obligada a quedarme con un solo momento del viaje lo tendría claro: conocer a Yerriswamy, mi niño apadrinado con 7 años que ahora me sacaba dos cabezas. Llevé regalos para él, su hermana y sus padres y ellos me dieron todo lo que tenían y más. La llegada al pueblo ya fue impresionante: absolutamente todo el pueblo fue a recibirme y absolutamente todos eran encantadores. Pude hablar con “mi niño” y su familia gracias a mi traductora que era estupenda no, lo siguiente. Todo parecía una película. Me daba la impresión de que yo realmente no estaba allí. Cuando volví a montarme en el 4×4 y nos alejábamos con todo el pueblo aun saludando empecé a llorar. Creo que fue una respuesta corpórea para indicarme que no era una película que todo eso estaba pasando.

Cuando volví a España, a todo el que me preguntó por el trabajo de la Fundación solo le pude decir cosas buenas y a mi alrededor ha habido más personas que han decidido colaborar con el proyecto. Creo que deberíamos estar muy agradecidos a todas las personas que en la India, en África, en España y en todas las partes del mundo ayudan cada día a que el mundo sea más justo. Gente que pone su empeño en compensar el desequilibrio producido por otra gente que no ve más allá de su ombligo inflado de egoísmo.

Habrá mucha gente que lea esto y lo vea todo como demagogia y sienta un fuerte impulso de expresarme su lección de vida, de persona que se siente mejor que otros y que puede dar lecciones, porque ya me ha pasado. Ningún problema. Sois todos libres de pensar, decir y escribir lo que queráis, pero no olvidéis nunca que yo también lo soy.

Mi traductora :)
Mi traductora 🙂

Al final del viaje mi traductora me dijo que tenía que volver a ir con mi novio cuando se convirtiera en mi marido para que nos declaráramos en el Taj Mahal porque eso hace que tu amor sea para siempre. Por aquel entonces yo llevaba solo 15 días con Víctor (un mes si tenemos en cuenta los 15 que estuve en la India), pero me pareció una gran idea. Hoy, después de dos años, me parece una idea aún mejor.

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5 thoughts on “El año que fui a la India

  1. Tuviste muy poca decencia yéndote a las 2 semanas de estar juntos. Perdonada la ofensa, prometo una declaración en condiciones, es decir, desnudo y haciendo rodar un hula hop.

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